El descubrimiento minúsculo de las huellas de la totalidad

(Reflexiones desprendidas de una charla con Alejandro de Ilzarbe en una tarde en que el azar dispuso que su obra se desplegara amable y generosa, casi infinitamente, ante mí)

Íntimamente desarrollados, casi en secreto, los nuevos trabajos de Alejandro de Ilzarbe sorprenden hasta la ternura, porque es pintura recoleta, discreta, en formatos en los que el automatismo no se reconoce en sus antecedentes históricos, es pintura orgullosa.

La paleta arriesga ecuaciones compositivas que podrían hacer pecar de anacrónica a toda la operación, que sin embargo se sostiene enhiesta. El propósito es trascendente,

el experimento es cosa seria, los arañazos sobre palimpsestos de onomatopeyas de grises cálidos logran una permeabilidad lumínica sorprendente.

En pequeño y mediano formato (probablemente en este caso lo microscópico sea articulación de lo utópico), la rítmica de altos y bajos de la paleta de de Ilzarbe nos recuerda el estremecimiento del advenimiento de la luz de la representación de la “Puerta Hacia el Río” de de Kooning. También en este caso el artista permite la aparición de formas casi reconocibles o analogables a formas de figuración muy primaria. Así, casi Ofelias, casi cuerpos, casi caras se ofertan embozadamente a la interpretación pretendidamente capturada desde la expectativa de la más absoluta abstracción que el caos energético de la espátula podría imprimir a la totalidad.

La materia actúa, a veces casi finge el gesto en una actitud ex professo aumentada. Como una operación deliberada, de Ilzarbe amplía el registro de texturas en sus piezas más grandes, más generosas de materia. Estallan y se contradicen los gestos y la pintura reivindica el derecho a la supremacía pulsional del sujeto.

La transgresión virulenta ha devenido un tentador pasaporte al que pocos hacen asco.

La resistencia se define hoy más que nunca en el campo de la verdad asociada a la pulsión, luego vendrán lo bello o lo bueno.

Frente a la complejidad de la partida, comencemos por evaluar quizás un solo elemento, para entrar, para entablar relación, para empezar el juego, una sola categoría: la verdad antecedente a cada gesto en la obra.

Alejandro de Ilzarbe conoce los pasillos secretos de la intimidad profesional del mundo del arte, sabe a qué se expone, y elige pintar. Intentando dar cuenta del secreto molecular, aventurando conflictivas hipótesis en torno a la química y la física del sentido de lo existente. Excelente y verdadera, una pintura fornida a la orilla de todas las especulaciones.

 

Florencia Braga Menéndez

Buenos Aires, 2005