Un idioma
Alejandro de Ilzarbe dice recordar la tarea que, en su infancia, veía hacer a los pintores de balneario. Gente que pintaba alegremente junto a una masa oscura, móvil e infinita. Su obra retiene algo de mar: la profundidad.
Es difícil no sumergirse en cada escena. Imposible no extraviarse un poco, no perder un poco el sentido de la ubicación propia en ese caos vivo y poblado. Se desciende hasta que se puede, y el resto se intuye. Una realidad diferente en cada plano. Un estado de ánimo sorprende al anterior. El mapa de todo eso que sucede al mismo tiempo. La prueba de que aquello que ocurrió, sigue ocurriendo. Las estaciones del año conviven, se hacen una. Las edades también: juegos, trabajos y preocupaciones. Cumpleaños y liturgias. La frescura infantil y el afán de los años. Y el desapego de los años y la fiebre infantil. En la misma ventana. Una tormenta de nieve en una biblioteca. Y el falso plomo de la noche cerrada que se quiebra. La noche que se astilla como un espejo y se reparte a lo largo de un día luminoso. Y está muy bien así. Sus fantasmas se descubren diminutas sabandijas. Tienen que compartir el mundo. Muchos momentos en un solo cuadro. De pronto emerge la esperanza de que al fin, todas las personas que uno ha sido y es, puedan reunirse en un mismo saludo amable y silencioso, en una misma mirada.
De Ilzarbe compone escenas en un idioma que no hemos aprendido, pero conocemos. La hierba es así, y las enredaderas. Y el coral y las estrellas. Una escritura. Un discurso que no se puede descifrar porque no está cifrado. No esconde nada. Exhibe abiertamente, pero en un lenguaje natural, que no puede articularse en otros códigos. Las cosas que realmente nos afectan hablan ese idioma. Lo que nos pasa sin pedirnos permiso habla ese idioma. Un relato, un texto de hechos y presencias que no necesitan recurrir al símbolo porque se representan a sí mismas. Las infinitas nervaduras y vasos de una hoja también son así. Se pueden leer y disfrutar, pero no traducir, ¿para qué? Es mejor resistir la tentación de decodificar, y entregarse a la experiencia serena de entender sin palabras.
Pablo Alaguibe
Texto para el catálogo de la exposición
en la galería Isabel Salinas,
San José, Costa Rica, 2008