Una estética del arrepentimiento
Desparramar, esparcir, distribuir son el anverso de un proceso que requiere, en la producción de Alejandro de Ilzarbe, exactamente del gesto opuesto: el de borrar, de todos los modos posibles. Aunque se trata más bien de las dos direcciones de una misma tensión: una capa de pintura, transformada en exceso, hará que surja la anterior.
Como en un palimpsesto, resultado y procedimiento se confunden y el final –la tela tras las sucesivas “correcciones”- propone un recorrido temporal, un antes y un después regulados sólo por la percepción. Este itinerario, que en su gestación fue azaroso, se organiza en el espacio de manera igualmente aleatoria. Y así el último de los agregados puede convertirse en fondo, la pintura previa en pincelada o mancha, resto único de una imposible figuración.
Cada obra del artista es retrospectiva, en tanto busca su propio origen; e introspectiva, en tanto surge de una indagación. Son los resabios de esta indagación lo que el pintor propone como el trabajo acabado puesto que su meta dista mucho de ser la plasmación de una forma. Es, antes que nada, el descubrimiento de la forma que se impone tras las capas y capas de materia.
Es por ello que no se puede hablar de proyecto o de programa en relación con la propuesta de de Ilzarbe; ningún presupuesto antecede a la exploración. Es verdad, el procedimiento se reitera, lo que otorga coherencia al conjunto de la producción. Pero las maneras de cubrir, presionar o erosionar divergen: son las mínimas variantes que traen como consecuencia un final no anunciado. De ahí que se observen transformaciones a lo largo de su producción, etapas cuya sola evidencia se halla en la trama de la superficie. Y así pasamos de una textura más apretada, del dominio de la grieta, a algo más expansivo y sinuoso.
La obra de de Ilzarbe constituye una nueva apuesta por la pintura, por el trabajo cuerpo a cuerpo con el lienzo. Su recorrido es el del solitario en tanto está regido por su propio tempo. Lejos de las prácticas de lo inmediato e instantáneo, la solución demorada y siempre diferida conforma una suerte de “estética del arrepentimiento”.
En este decir y desdecirse radica la única vacilación.
Valeria Melchiorre