Erosionario
Andrés Duprat

Las pinturas y esculturas de Alejandro de Ilzarbe parecen tener una misma genealogía.
Desde procedimientos creativos distintos, en ambos lenguajes el artista explora aspectos
vinculados con la materia, el tiempo y las transformaciones que los procesos naturales
imprimen sobre las cosas. 
      Para realizar estas pinturas, parte de fotografías a las que somete a un ejercicio de edición y despojamiento. Al perder su estatuto de referencialidad, la imagen deja de funcionar como índice de lo real. Lo que permanece es aquello que resiste en la memoria del artista.
      La pintura se construye desde ese resto: un recuerdo, una imagen erosionada por el tiempo y por la experiencia creativa. El trabajo pictórico es el resultado de una secuencia de operaciones subjetivas —seleccionar, quitar, recordar, cambiar, construir—  que sustituyen la fidelidad del registro por la potencia de la evocación.
      Las esculturas avanzan por un camino aparentemente inverso. No nacen de una imagen ni de un proyecto previo, sino de decisiones sucesivas y de la acción imprevisible de los materiales. Son obras que emergen del proceso mismo, más cercanas al encuentro con una forma que a la ejecución de una idea preconcebida.
      A pesar de los distintos tratamientos, el artista clasifica sus obras dentro del mismo universo imaginario que da título a esta muestra. Pinturas y esculturas comparten un repertorio visual: la paleta baja, las formas orgánicas, las superficies desgastadas y la apariencia de objetos sometidos al paso del tiempo configuran un discurso que atraviesa toda la producción reunida en este espacio.
      Estas obras recuperan algunas de las operaciones taxonómicas que organizaban la mirada científica en el siglo XIX —el aislamiento del espécimen, la neutralidad del fondo—, pero desplazadas hacia el terreno de la memoria  y de la creación.
      Así, pinturas y esculturas pueden entenderse como modos de registrar procesos que nunca terminan de fijarse. Unas parten de imágenes que se desarman hasta convertirse en recuerdo; las otras surgen de materiales que, librados al azar y a su propia condición física, producen formas imprevistas. En ambos casos, aquello que se desenvuelve ante los ojos del espectador es un catálogo de marcas, desgastes y huellas, un modo de clasificar poéticamente el mundo erosionado por el tiempo.